lunes, 22 de abril de 2013

La harina y los huevos ya estaban esparcidos sobre el mesón, solo hacía falta que los dedos de Violeta mezclaran los ingredientes. Poco a poco, sus dedos iban juntando todo hasta volver la masa perfecta, que más tarde, se convertiría en ravioles.
Un olor se desprendía suavemente, era el típico olor a panadería, que la remontaba a su niñez, cuando le gustaba comerse la masa antes de convertirse en galletas.
Violeta no sabe de dónde sacó ese gusto por las cosas crudas, tal vez por eso, le gusta tanto el sushi. Podría venir de su constante acelere, por su impaciencia por todo, eso que hacía que cuando acompañaba a su mamá a comprar carne molida, se la comiera en el camino.
Para ella, aprender nuevas recetas era la mejor terapia que podía existir cuando sentía que su corazón estaba a punto de secarse como las hojas en el otoño. El agua que le daba vida, era entonces una mezcla de cosas simples que a cualquier mujer le harían bien. Un buen libro y un té, eran sus acompañantes en las tardes de lluvia.
Así, solitaria por las calles empedradas, repletas de balcones con flores amarillas y rojas, y también azules, Violeta recordaba los últimos momentos que había vivido en la vieja ciudad con él. Tenía tan marcado en su mente, cada escena, cada palabra y cada risa que vivió a través de los ojos de él, que bastaba una mínima concentración para volver a revivirlo todo…y mientras lo hacía sentía un calor que recorría cada poro de su piel.
Era mágico, pero a la vez desgastante, porque no sabía cuándo lo volvería a ver. Hay tantas cosas que él no sabe de su vida, que ya ni sabe si es mejor que las sepa o que simplemente se queden como el misterio que tanto le enamora de ella.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Te quedas primavera?


Hoy por fin me ha visitado el sol.
En esta vieja Buenos Aires, donde las calles se encuentran atestadas de basura podrida, donde las baldosas se encuentran rotas y hay que caminar con cuidado porque el pie se puede romper, ha salido de nuevo el sol.
Esta primavera no ha sido otra cosa que la prolongación del invierno. Todos o casi todos los días llueve y un viento tenaz azota las puertas y las ventanas de los apartamentos que se extienden por la Avenida Córdoba.
Hoy, la gente se siente, por fin, en primavera, pero eso no es suficiente para querer pensar mejor.

lunes, 22 de octubre de 2012

Es así


Es así: ella pensó que el cielo era de colores cuando el amor estaba cerca, y que era gris cuando en su corazón no habitaba nadie más que ella y su propio yo.
De repente dejó de comprender que la vida que ella tenía con su propia soledad era más que suficiente para ser feliz. Que los amaneceres y los atardeceres se iluminaban de violeta intenso cuando ella se sentía libre y de un azul oceánico cuando ella creía conquistar el mundo con una fuerte carcajada.
Se le olvidó que su cuerpo huele a jazmines y que cualquier hombre desearía poder despertarse todas las mañanas al lado de esa piel que solo emana un dulce calor con sabor a miel. Que su mirada puede despertar el más tierno sentimiento y que sus pensamientos pueden dar lugar a largas conversaciones en una noche de invierno.
Es así: a ella se le olvidó todo eso y mucho más sobre la vida, sobre su vida. Y ese olvido le hizo encarnar un vació en su alma, que ella misma se encargó de hacer más grande. Era como un huracán que se revolvía entre sus lágrimas, esas que se hacían más intensas con el paso de las horas, de los días, de los amaneceres nostálgicos que la aterrizaban en un nuevo día, en un nuevo día sin él.

domingo, 14 de octubre de 2012

Ni de aqui ni de allá


“…y en la diferencia me encuentro, en el no lugar de una  falsa realidad”
Por
Nathaly Martínez Ariza

Ni de aquí ni de allá

En un mundo donde la dualidad cada vez se hace más notoria y existencialista, en donde se es más fácil ser bueno y malo, derecho y torcido, homosexual y heterosexual, la novela El común olvido, de Silvia Molloy, se muestra, ante esta sociedad contemporánea, tal y como lo dijo alguna vez Walter Benjamin,  como una novela en donde “el sentido de la vida”, es en los hechos, el medio por el cual la novela se mueve. “El interrogante que por el pregunta, con todo, no es otra cosa que una expresión reducida de la desorientación en que el lector se ve colocado en esa vida descrita por escrito”.
Es así como Daniel, el protagonista, se nos muestra como un Argentino “Yanquinisado” o mejor dicho un personaje con doble nacionalidad. La argentina adquirida por haber nacido y vivido hasta los doce años en Buenos Aires, y la norte americana por haberse radicado el resto de su vida en los Estados Unidos.
Dualidad que si bien, es la razón por la cual no solo habla y piensa en inglés y en español sino aquella que lo trae de vuelta a este Buenos Aires que lo vio crecer mientras se formaba como ese hombre que busca durante su viaje su verdadero ser. Ese ser que se formó a partir de las experiencias infantiles vividas en un ambiente homosexual que, a falta de memoria, por lo pequeño que era cuando las vivió, influyeron en dicha orientación.  
Homosexual como lo es la propia Molloy, Daniel experimenta una serie de situaciones que reafirman su orientación sexual en la vieja Buenos Aires con hombres que encuentra entre sus calles y que solo usa para saciar su apetito carnal en medio de la soledad que le produce estar en una ciudad en donde todo para él solo son vanos recuerdos que no lo llevan a ningún lado. Pero que aun así trata de rememorar en los testimonios de aquellos que lo conocieron, para poder entender de una vez por todas eso del pasado que se repite en su presente. La incertidumbre de saber quién es.
Como diría Bejamín “Solo en la novela escinden vida y sentido y, por consiguiente también lo esencial y lo temporal”. Es por eso que en esta búsqueda de sentido, en esta temporalidad presente de la vida de Daniel y de la vida de su madre, se encuentran las razones por las que él le encuentra el sentido a lo que es en su presente.
Después de indagar, entre los viejos amigos y familiares de su madre, entre las cartas de amor que Ana le escribía a su amante Charlotte, y entre su diario, la whole history, solo se completa cuando Daniel descubre que su madre había tenido una relación homosexual.
Una “revelación” en su vida que tal vez explicaba ciertos comportamientos de su madre que en el pasado nunca le habían terminado de cerrar, como el hecho de que su madre estuviera rodeada de amigos homosexuales, su aparente indiferencia o su reacción reacia a que él le gustaran los hombres y su ida tan repentina a los Estados Unidos.
Ahora que ha vuelto, y ha descubierto por sus propios ojos las antiguas pinturas de su madre, ahora que recordando viejos eventos del pasado, de pocos años atrás y de muchos años, cuando era chico, ahora que despolva muchos eventos de su vida, es cuando reconoce que él era el observador de lo privado. Ese que le gustaba ver el interior de la habitación de su madre mientras hacia el amor con Charlotte, o el que le gustaba ver a su pareja Daniel cuando se acostaba con otro tipo en la misma habitación, ese que desde niño hacia su ritual de masturbación todas las tardes al caer el sol, para imaginarse dentro del cuerpo de otro.
Ese mismo observador encontraba sentido en su mismo ser, pero a la vez necesitaba esas respuestas que su madre no le pudo dar en vida, para poder entender si era de allá o de acá, si era mejor pensar en inglés, como decía él cuando quería huir de algo, o traducir los textos para entenderlos.
Ahora bien, toda esta búsqueda de sentido de Daniel, esta falta de identidad nacional debido a esta dualidad de nacionalidades, son sentimientos que acompañan fielmente a la autora del libro Silvia Molloy, quien a través de esta novela, muestra parte de sus vivencias, creencias y pensamientos, encarnados en este personaje protagónico.
El común olvido es fiel copia de lo que diría Foucoult en su discurso sobre el autor, cuando se refiere a que “…la crítica literaria moderna, no define el autor de otro modo: el autor es lo que permite explicar tanto la presencia de algunos acontecimientos en una obra, como sus transformaciones, sus deformaciones, sus diversas modificaciones …”
Y tal cual, como lo explica Molloy en una entrevista publicada por una página web llamada LA ARGENTINIDAD…AL PALO, cuando le preguntan cómo funciona la “mirada dual” que ella comparte con la escritora Luisa Valenzuela.
“Es parecido a lo que sucede cuando manejás dos idiomas a la vez: estás manejando dos miradas desde culturas y contextos diversos y tratás de que esas miradas coincidan, pero sabiendo que nunca lo vas a conseguir. Tener esa mirada dual puede ser bastante inquietante para la vida cotidiana, o por lo menos incómodo. Pero cuando escribís se vuelve productiva, porque estás entre culturas, entre países, entre lenguas, que te permiten una gran libertad de escritura. Ese no estar del todo puede ser un lastre en la vida cotidiana porque siempre sos una persona levemente extranjera: pertenecés, pero no del todo. Eso pasa a dos puntas. Yo no soy norteamericana, no estoy del todo en la realidad de ese país, pero sin embargo la vivo cotidianamente. Aun en conversaciones perfectamente amistosas, alguien me puede decir: “Vos no entendés porque no sos de acá”. Te están como poniendo en tu lugar. Lo mismo me pasa en la Argentina: “Vos no vivís acá”. Esta situación es un “lujo moral”, como señala María Negroni, pero también es una carga”.
Y es eso, entonces, el ser y no ser. Ese desencuentro y encuentro que a lo largo de su novela se ve reflejado, en cada aspecto de la vida de Daniel.
Es como esa especie de relación que Daniel tuvo con Chacho, el repartidor de pollos; ese que se creía muy sexual, más no puto, como explicaba él, para justificar su aventura con Daniel. Ese que a pesar de tener una familia con su esposa y sus hijos, le parecía de lo más normal tener encuentros sexuales con un hombre, sin cuestionarse sobre su verdadera orientación.
Es así, es el estar y no estar. Es ser ni de aquí, ni de allá. Es la incertidumbre de quien era el verdadero Daniel, de quien es la verdadera Silvia Molloy.









viernes, 12 de octubre de 2012

Entre tus piernas



Por Nathaly Martínez Ariza
Y de  repente se despertó de un sueño, de ese sueño en el que él la había acompañado los últimos 7 días de la semana.
Zapatos, medias, pantalones, una camisa, un vestido, unos cucos y unos calzoncillos. Un brasier y una flor. Cobijas en el piso, una cama destendida y un par de sabanas, envueltas en las piernas de Violeta. 
El ya no estaba. Se había ido sin despertarla. Suavecito suavecito, casi sin mover las sábanas que apenas alcanzaban a tapar la punta de sus pezones semidescubiertos y erizados por el primer viento invernal que acariciaba la mañana, se levantó sin susurrar ni si quiera un te amo.
Violeta, se había ido de largo esa mañana porque la noche anterior apenas había podido dormir. La despedida fue larga, con amigos, música, y muchas palabras sin decir, pero si muchas miradas que le quedarían en la mente por el resto de sus cortos días.
Sabía que si abría los ojos, y enfrentaba el mundo solitario que le esperaba, la tristeza manifestada en unas nauseas que nunca había sentido y que solo había visto en las películas románticas, cuando el dolor es tan fuerte por la pérdida del ser amado,  llegaría sin reparo.
Y así fue. Una fuerte tos que en realidad no lo era sino un impulso de su estómago, que conectado por los chacras, cree ella, manifestaban su más intenso dolor.
Suavecito suavecito así como Antonio se había ido, ella se levantó y decidió enfrentar el duro invierno.
Pero ya era otra. Esos 7 días la habían dejado seca como una uva. Ya ni sus más cercanos amigos a quienes les prestaba sus pantalones de pijama rosados cuando se quedaban a dormir en su casa, ni las caminatas por el centro de la ciudad, ni el olor a primavera, ni las canciones de Concha Buika le devolverían su alma.
Unas botas, un vestido, unos cucos, un brasier, unas cobijas y unas sábanas envueltas en las piernas de Violeta serian el cuadro que cada mañana se dibujaría en su cuarto cuando la luz entrara.
Y entonces comprendió que estaba destinada a dormirse, hasta que el volviera a despertarla, a despertarla entre sus piernas.
Entre tus piernas.

jueves, 21 de mayo de 2009

Señor, ¡ten Piedad de Moncayo!


Hace ya más de un mes que las Farc anunciaron la liberación unilateral del cabo Pablo Emilio Moncayo, y nada que la senadora Piedad Córdoba sede en la petición del presidente Uribe, para que ella se retire del proceso de liberación y así poder continuar.
Por Nathaly Martínez Ariza
Lo último que se sabe sobre el proceso de liberación del cabo Pablo Emilio Moncayo es que la hermana de este, Yuri Moncayo, instauró una demanda, el pasado viernes, en contra de nuestro excelentísimo presidente Uribe, (que ni siquiera se merece media demanda por su impecable labor nacional), para que se respete la vida, la dignidad, y la equidad en el proceso de liberación de Pablo Emilio. Gustavo Moncayo, padre del secuestrado, quien ha sufrido mucho por su hijo, ya que ha viajado por todo el mundo pidiendo ayuda para su liberación, dijo que esta demanda servirá para que se pueda resolver los problemas que impiden la salida del cautiverio de su hijo. Como si las demandas fueran efectivas inmediatamente, y mucho más las demandas al Jefe de Estado. Vasta con echar un vistazo a todas la que ya tiene encima “nuestro señor presidente” para ver que hasta ahora ninguna ha impedido que siga en el poder, y mucho menos que sea juzgado. Eso es como quitarle un pelo a un gato.
De igual forma, en un intento desesperado y poco oportuno, el profesor Moncayo dijo que si no se avanza en la liberación, no dudara en volver a plantarse en la Plaza de Bolívar. Digo poco oportuno, porque si no lo logró la vez pasada mucho menos ahora que el presidente tiene que centrarse en temas más importantes para el y para todos los colombianos que estamos pendientes de su reelección y más ahora que se acaba de aprobar el referendo. Claro esta, que Moncayo no esta dentro de su agenda, así que un consejo profesor, no lo haga, porque si lo hace seguro perderá el tiempo y ahí si ni las Farc ni Piedad Córdoba podrán ayudarlo.
Y hablando de Piedad Córdoba que ha sido, el talón de Aquiles para esta liberación, ella dice que, ante la petición del presidente, que siempre es tan objetivo, tan correcto y discreto, sobre todo para temas como el secuestro, en palabras textuales “aquí estoy y aquí me quedo”. Un poco terca la senadora, que no entiende que el que tiene el poder es el presidente y él es el que decide quien participa y quien no. Además, “nuestro señor presidente” esta en todo su derecho de quitarle protagonismo a esta liberación, es verdad, ya no necesitamos más interventores y aliados de las Farc como lo son Iván Cepeda y Piedad Córdoba. Basta con la colaboración de la Cruz Roja Internacional y con la Iglesia Católica. No más politiquería en las liberaciones Piedad, es mejor que se dedique a su labor como senadora del partido liberal y le deje el protagonismo al señor presidente Uribe que no le vasta con sus concejos comunitarios, ni con la Operación Jaque para seguir ganando puntos en las encuestas de popularidad, sino que tiene que recurrir a cambiar la constitución nacional para lograr una democracia más eficaz en nuestro país, además de dedicarse a acabar de una vez por todas con la violencia y el conflicto armado en Colombia. Para que así, “nuestro señor presidente”, deje de estar preocupándose por temas tan absurdos y repetidos como lo es las liberaciones y el acuerdo humanitario. Liberaciones, que estamos esperando millones de colombianos, que no olvidamos que todavía se encuentran en las selvas 22 miembros de la fuerza pública: 13 policías y 9 militares, y eso sin contar a los miles de civiles que se encuentran en cautiverio.
Es mejor que, aunque Piedad haya estado en las últimas liberaciones de canjeables, ya es hora de que no insista más en ser la mediadora, así sea que Pablo Emilio Moncayo lleve más de 11 años secuestrado. Porque si ya aguanto lo más, que aguante lo menos. De alguna forma las Farc tendrán que ceder ante la decisión del señor mandatario, que toda la razón tiene en despojar de protagonismo a Piedad. Además, si tanta paz quieren las Farc, entonces que no pongan a intermediarios, sino que dialoguen de frente con el gobierno, que nunca, nunca se ha negado a unas negociaciones de paz, ni mucho menos a un despeje, ni acuerdo humanitario. Y es que cuando uno depende de los demás si es muy jodido lograr lo que uno quiere. ¿y qué es lo que la guerrilla quiere? Muchas cosa podrían ser, entre ellas yo creo que la paz.
En fin, ¿será que el profe Moncayo, se cayo del sarzo y no tendrá como volver a el?, que lástima que esta familia siga sufriendo por una pelea de gatos y perros, donde se quiere cambiar de la noche a la mañana los procesos de liberación. Esperemos a que no se de una liberación forzada por parte del ejercito que termine en tragedia y que por favor el Señor tenga Piedad de Moncayo
!

lunes, 11 de mayo de 2009

EL CANDIDATO


Por Nathaly Martínez Ariza

Desde una de las esquinas del patio en donde pasaban el recreo, Diana llamó a Sergio.
- ‘Profe’, venga un momento.
-Vámonos al baño, lo hacemos, nadie se va a enterar, yo sé que quiere ser sacerdote pero todavía no lo es, y yo sé que le gustan las mujeres.
- Diana, ¿por qué piensa que yo haría eso?
- Ya le dije, además me gusta mucho.
- Esta equivocada, está pensando mal de mí y aunque no soy sacerdote, si estoy en proceso de serlo, y estoy pasando por la práctica que es del celibato. Mire, para que le quede bien claro, el cuento es que no debe suceder, usted no me gusta y aparte de eso yo tengo un camino que ya elegí.
A pocos metros, su hermana Gloria la esperaba, ella estaba pendiente de la reacción de Sergio, pero no creían que respondiera eso. Pensaban que por el simple hecho de que fuera un hombre iba a aceptar esa propuesta. Diana dejó de hablarle por unos días. Luego volvió a los mismos piropos. “¡huy, hay va el profe lindo!”, “¡como está de hembro!

Antes de que tuvieran uso de razón, ya un hombre había ‘penetrado’ y roto su inocencia.Encerradas, solo viendo a seres humanos de su mismo sexo. Senos, cinturas, nalgas prominentes, cuellos largos, manos pequeñas. Sergio al igual que sus otros compañeros era un bombón. Cuando llegó por primera vez a al hogar María Inmaculada, él sabía a que se atenía, sabía que eran personas difíciles, niñas iniciadas en la vida sexual mucho antes de que les viniera la primera menstruación. Por esta razón muchas eran desplazadas de sus hogares. Diana llegó con sus tres hermanas desde Medellín, porque el padrastro las violaba, su mamá no quería separarse de su esposo, así que prefirió mandarlas a este hogar.

El hogar María Inmaculada lleva cuarenta años en Bogotá, es una comunidad religiosa que tiene como misión acoger a las niñas necesitadas. La mayoría desplazadas, el requisito principal es que no tengan más de dos años viviendo en Bogotá. Esta institución les ayuda para que cursen la primaria y el bachillerato, y si se portan bien, la universidad. Unas estudian en el colegio Policarca, a pocas cuadras del hogar, otras en el colegio Camilo Torres y las grandes en la Universidad Distrital. También toman talleres de bisutería y de babuchas, tienen a su disposición cinco sicólogas, enviadas por la fundación Punto de Apoyo. Con ellas las niñas se desahogan, se quejan de las otras y tratan de asimilar, en la mayoría de los casos, el por qué de su llegada o el abandono, por parte de sus padres, en este hogar. El hogar esta compuesto por tres edificios, en uno queda la cocina y los salones de clase- que es la única parte del hogar que pueden conocer los candidatos- “es mejor, porque hay que evitar problemas, si nosotros pudiéramos entrar al edificio donde quedan las habitaciones las niñas serian capaces de meternos en los cuartos y de inventar que las acosamos”, en otro quedan los cuartos; en cada cuarto hay tres camarotes con un baño, hay 75 niña entre 8 y 17 años. En el otro edificio queda el comedor, las habitaciones de las universitarias, uno por cada niña, aproximadamente son 85 niñas, y una sala de televisión. Hay dos patios donde las niñas se recrean en las tardes y los fines de semana jugando voleibol. Los fines de semana o cuando tienen tiempo, las niñas lavan su ropa. Sergio cree que cuando lo hacen también están lavando su conciencia. Los malos pensamientos que se les ocurren cuando ven a un candidato o cuando desean a sus propias compañeras.

Como todos los candidatos que quieren pertenecer a la Comunidad Jesuita, Sergio Rey tenía que trabajar como profesor durante siete meses en este hogar, dando clases de matemáticas, español, ayudando a las niñas a hacer las tareas que les dejaban en el colegio, reforzando temas que la mayoría no entendían y preparándolas para el bautizo, la primera comunión y la confirmación.

El día en que llegó, fue presentado por Daniel Carabayo, un compañero suyo que ya llevaba seis meses en el hogar. La mirada de todas hacia él era una mirada de inspección, había llegado una nueva carnada. Algunas le preguntaban a Daniel cosas como si él también era candidato, o de dónde venía, otras menos tímidas le preguntaban a Sergio si tenía novia o por qué se había metido de jesuita. Sus compañeros ya le habían advertido, “son niñas faltas de afecto, uno no puede tener el más mínimo detalle porque piensan que les estamos parando bolas”, dice Sergio.

Después de unos días ya las niñas tenían confianza y aprovechaban para hablar y preguntarle más cosas a Sergio. Las horas de recreo eran propicias para acercarse al “profe”. Sergio recuerda que la primera vez que estuvo en el patio de recreo, después de su primera clase, se sentía como un nuevo juguete con el que todas querían jugar. Lo rodearon en un círculo y lo bombardearon de preguntas: ¿por qué quiere ser cura?, ¿ha tenido novia?, ¿es que ya no le gustan las mujeres? A estas preguntas, él las trataba de evadir con sutileza, su única salida era actuar como si nada sucediera. Los días fueron pasando y la confianza aumentando, unas se atrevieron a contarle sus historias. Dentro de las que recuerda se encuentran las de Sandy y la de las hermanas de Buenaventura.

Sandy es hija de uno de los jefes guerrilleros más importantes del Caquetá, tuvo que venirse a Bogotá porque un primo la violaba desde los 11 años, ella no soportó la situación y le dijo a su papá, que casi nunca veía porque vive en el monte, que le buscara otra parte donde vivir. Cuando llegó a Bogotá, una tía llevaba días buscando hogares, hasta que una vecina le recomendó este. Su nombre ha sido cambiado por razones de seguridad, pues los “paras” quieren matarla. Ella es una de las niñas que nadie visita. Aún no sabe nada de su padre.

La historia de las hermanas de Buenaventura se la contó la hermana mayor, Marylu, un día cuando Sergio la tuvo que separar de Yuly, porque se habían peleado en mitad de la clase ya que las dos estaban enamoradas de él. Para que Sergio no la acusara con la Hermana Rosana, Marylu le dijo que ella había pasado por una etapa de su vida muy dura, que necesitaba que él la escuchara. “Nosotras venimos de Buenaventura, mi papá nos ponía en la carretera que va de Buenaventura a Cali para que los camioneros que pasaran, nos subieran al carro y se acostaran con nosotras a cambio de diez mil pesos con condón y veinte mil sin condón. Faltábamos mucho al colegio por infecciones vaginales. Un día la profesora le preguntó a Jasblady, la menor, por qué faltábamos tanto a clase, ella le contó que era por las infecciones y porque mi papá nos obligaba a trabajar en la carretera. Ahí fue cuando la profe denunció a mi papá en Bienestar Familiar y nos mandaron para Bogotá”. Sergio al oír esa historia le perdono la acusada con la hermana, pero le dijo que eso no tenía que volver a pasar, que ellas tenían que entender que él no era presa de nadie y que si seguían así las iban a sacar del hogar. Dos años después Sergio tuvo que hacer trabajo social en un hospital de Cali, y se encontró a la hermana menor de Marylu. “cuando la vi, la reconocí de una, no me acordaba de su nombre, pero sabía que había estado en el hogar. Le pregunte que si había vivido en María Inmaculada y ella me dijo que si, nos pusimos a hablar y me contó que las habían echado por peleonas. Les tocó devolverse a Buenaventura y su papá de nuevo las puso a trabajar en la carretera. En una de esas, a Maryuri le dio una infección vaginal tan fuerte que la mando para el hospital”.

Entre esas y mucho más historias, Sergio pasó sus siete meses en el hogar, aprendió a conocerlas, incluso a encariñarse con algunas que trataban de camuflar su gusto en la única relación que podían tener con él: La amistad. Aún guarda parte de las cartas que le dieron. Busca entre su billetera y encuentra dos tarjetas y una carta que dice: “Hola Sergio, ¿cómo estas? Espero que bien de salud y de todo lo necesario. Sergio yo te mando esta carta para decirte que te quiero mucho; tú para mí eres una persona muy especial para mí y para muchas también y usted para que me pregunto que me gustaban las muñecas o los peluches... me despido de usted chao. TQM. PD: Me gusta el que te gusta, el te me gusta, el café pero más me gusta tu forma de ser Att: una tierna amiga. De Karen para un tierno amigo. Cuando la termina de leer, la cierra, se ríe y la vuelve a guardar. Cuenta que esa risa fue de pudor. Porque esa niña era la que le llevaba los chismes. El más bochornoso fue cuando le dijo: “Mire profe que Sandra se levantó a media noche, se metió a la ducha toda sonámbula a echarse dedo, gemía y decía que lo amaba. ¿Qué le parece ah? Karen no mentía, eso había pasado, todas se acercaban a Sergio, le comentaban y se iban con la picardía de saber que eso le incomodaba.

La última vez que Sergio no iba al hogar habían pasado tres años. Hace poco, cuando fue, estaba intrigado por saber si las vería en la visita que le haría a la hermana Rosana. Cuando llegó no se oían las voces de las niñas, solo la voz de la hermana que se alegraba de verlo, se sentaron en la recepción. Minutos más tarde la hermana le pidió un permiso para llamar a las niñas que tenían su próxima clase. Sergio sintió los pasos de las niñas que se acercaban, la Hermana Rosana las había llamado para su taller de babuchas que se dictaba en un salón, justo después de la recepción. Cuando llegaron, de inmediato lo reconocieron- de nuevo se sintió como un bombón exhibido en una vitrina- claro era “el profe”, el que tenía enamoradas a todas cuando trabajó como candidato a Jesuita. Las miradas iban y venían, las niñas estaban tímidas, se reían entre ellas, unas pasaron hacia el salón, sin dejar de mirarlo, otras se quedaron al lado de la recepción. Sergio se sonrojo, sabía que no podía intimidarse. El también las miraba hasta que reconoció a Yuly, una de sus alumnas.
– Hola Yuly, como estas de grande, te estiraste.
- Hola Sergio, ¿ese milagro?- ya ve, por aquí visitando a la Hermana.
Después vino otra que le dijo:
– ¿Se cuerda de mi, profe?
- Claro, usted es Daisy, esta muy cambiada
-¿le parece?
-si, ha crecido- respondió Sergio.

La Hermana apuró a las niñas para que entraran al salón. En ese momento entraron los otros candidatos y las niñas repartieron su mirada entre ellos, dejando de lado a Sergio.