martes, 13 de marzo de 2007

EN CUENTRO CERCANO DE DOR TIPOS



Uno no se explica cómo alguien que acaba de comprar una nevera se le pueda ocurrir
suicidarse. La última vez que vi a Andrés Caicedo, Patricia y él se habían comprado una
nevera nueva para su nuevo nido de amor en el edificio Corkidi de la avenida Sexta de Cali.
Hacía varios meses que Andrés y yo nos habíamos distanciado por diversos (y dispersos)
motivos. Esa noche fui a despedirme porque al día siguiente me iba para el Festival de Cine de
Cartagena. Hicimos las paces (más no los pases) y quedamos de encontrarnos allá, en
Cartagena.
El 5 de marzo de 1977, cuando hacía una cola en las oficinas de Avianca en Cartagena,
compré El Tiempo y cuál no sería mi sorpresa al ver el titular de primera página: “Se suicida
escritor en Cali”. Lo primero que se me vino a la mente fue pensar: “¿Pero cómo una persona
que acaba de comprar una nevera puede suicidarse?”. Todos los suicidios son inexplicables.
Muerto del dolor y de la tristeza regresé a las residencias La Giralda y, como afirmación de
vida, hice el amor con mi novia, quizá acordándome de alguna película de Truffaut en la que
dicen que esa es la única forma de afrontar la muerte. Después nos fuimos al Teatro Calamarí
a ver Andy Warhol’s Bad, de Jed Johnson, una macabra y divertida película supervisada por el
papa del pop.
Por hora y media me olvidé del amigo ido, del amigo muerto. Pero a la salida de cine se me
vino un largo flashback. Recordé mi primer encuentro con Andrés en el verano de 1971 antes
de la exhibición de 81/2, de Fellini, en el Cine Club de Cali. Mis amigos Carlos Mayolo y
Hernando Guerrero ya me habían hablado de un joven tímido, tartamudo y de gafas que era un
cinéfilo consumado e insistieron en que yo lo tenía que conocer porque teníamos muchas
cosas en común. Hilando una cosa con otra descubrimos que a pesar de que muchas veces
habíamos coincidido en los mismos cines viendo las mismas películas, nunca nos habíamos
encontrado ni conocido, cosa bastante insólita en el ámbito cinéfilo de una ciudad pequeña
como el Cali de esos años. Y así comenzó una inolvidable amistad, que aunque duró poco en
el tiempo, me ha acompañado más allá de la muerte.
A partir de ese día nos volvimos inseparables. Caminamos infinidad de veces por las calles de
Cali hablando de cine y recorrimos todos los cines de barrio en busca de alguna joya perdida.
Mientras Mayolo y yo rodábamos Oiga vea durante los VI Juegos Panamericanos de Cali,
Caicedo trabajaba secretamente en la adaptación cinematográfica de su saga adolescente
sobre Angelita y Miguel Ángel. Cuando regresé a Los Ángeles a hacer el montaje de Oiga vea
en UCLA, Andrés y yo continuamos nuestra amistad cinematográfica a través de una extensa
correspondencia. Andrés era un gran escritor de cartas aun cuando uno lo tuviera cerca; no
resultaba raro que estando uno en la misma ciudad le dijera a uno: “¿Sabés qué viejo Luis?
Me-me-jor te escribo”. Y al día siguiente, por un medio o por otro, llegaba a mis manos una
larga carta mecanografiada diciendo todo lo que él no había podido decir en persona. Tal era
su dificultad para comunicarse con los demás.
(Ahora mientras escribo suena Amparo Arrebato, de Richie Ray, escogida al azar por el shuffle
del iPod. ¿Qué habría pensado Andrés de los iPods?, él que ni siquiera alcanzó a conocer el
video casero. No llegó ni al Betamax.)
¿En dónde iba? Ah, sí, en que yo me fui a la meca del cine a terminar mis estudios. A los
pocos días recibí la carta que ustedes a continuación van a leer. Una carta de atroz
introspección, llena de referencias cinematográficas, citas de canciones e historias de
jovencitos. Esos jovencitos éramos nosotros.
Luis Ospina

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