miércoles, 31 de octubre de 2007

GRITOS EN LA MACARENA

María sale a las 5.00 p.m., justo después del toque de las campanas de la iglesia. No va a misa, es hora de su ‘recreo’ diario. Siempre efusiva, soltando gritos ahogados que suenan a indescifrables trabalenguas; moviéndose como marioneta y de la mano su mamá. Carmen escogió esa media hora del día porque según cree, su hija de entre 30 y 35 años, se relaja viendo el atardecer y disfruta de esos treinta minutos de aire fresco, de la libertad del encierro de la casa y de su cabeza. La esconde antes de que salgan los estudiantes de La Universidad Distrital que la asustan con su algarabía del viernes. María es discapacitada mental.

Los estudiantes de la sede de La Macarena bajan hacia La Quinta y Séptima en busca de plan. Unos se quedan en el bar Skape enfrente de mi casa, de dónde puedo oír parte del significado de sus alaridos “¿qué, unas ‘polas’ o nos vamos ya?”, “saquemos las copias”, “¡invitémoslas!”. Otros más hambrientos siguen de largo a La Mona Pizza y los más afanados cogen un bus para sus casas. Estos gritos se calman dos horas después cuando pasa la estampida y llega la noche, caen y desaparecen como un riachuelo por la calle empinada que los empuja hacia el oriente de Bogotá.

A esta hora sólo se escucha el murmullo de los traseúntes y el motor de los carros que buscan lugar enfrente de los restaurantes. Rosita y Carlos se adueñan de la cuadra con sus gritos y órdenes que ayudan a parquear a los visitantes “Déle, déle…derecha, quiébrelo ¡téngalo!”. Él le roba la mayoría de las propinas mientras que ella, en medio de su embale, se eleva arreglándose en los retrovisores de los carros. Es tan popular su obsesión por su imagen que las vecinas acostumbran, una vez al mes, bañarla y vestirla con ropa que ya no usan, “Soy la más fashion de la cuadra”, les grita Rosita a las demás locas mientras ellas responden “¡mamacita!”, y terminan mandándole un beso entre risotadas.

Hacia las once de la noche, la gente se topa de nuevo con el dúo que los guía a sus BMW, Mercedes y camionetas. La cuadra queda vacía y en un silencio que se rompe con “hijueputa, malparidos…”, los gritos desesperados de El Loco, como ha sido bautizado este personaje, pues ya es costumbre que todas las noches se alborote y grite por toda La Macarena. Nadie sabe a quién insulta, lo único que se conoce son sus groserías, el palo que lleva en la mano y el calzoncillo que le tapa la cabeza.
Y entre tanto alarido me quedo dormida…ZzzZZZzzzz.

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