Desde una de las esquinas del patio en donde pasaban el recreo, Diana llamó a Sergio.
- ‘Profe’, venga un momento.
-Vámonos al baño, lo hacemos, nadie se va a enterar, yo sé que quiere ser sacerdote pero todavía no lo es, y yo sé que le gustan las mujeres.
- Diana, ¿por qué piensa que yo haría eso?
- Ya le dije, además me gusta mucho.
- Esta equivocada, está pensando mal de mí y aunque no soy sacerdote, si estoy en proceso de serlo, y estoy pasando por la práctica que es del celibato. Mire, para que le quede bien claro, el cuento es que no debe suceder, usted no me gusta y aparte de eso yo tengo un camino que ya elegí.
A pocos metros, su hermana Gloria la esperaba, ella estaba pendiente de la reacción de Sergio, pero no creían que respondiera eso. Pensaban que por el simple hecho de que fuera un hombre iba a aceptar esa propuesta. Diana dejó de hablarle por unos días. Luego volvió a los mismos piropos. “¡huy, hay va el profe lindo!”, “¡como está de hembro!
Antes de que tuvieran uso de razón, ya un hombre había ‘penetrado’ y roto su inocencia.Encerradas, solo viendo a seres humanos de su mismo sexo. Senos, cinturas, nalgas prominentes, cuellos largos, manos pequeñas. Sergio al igual que sus otros compañeros era un bombón. Cuando llegó por primera vez a al hogar María Inmaculada, él sabía a que se atenía, sabía que eran personas difíciles, niñas iniciadas en la vida sexual mucho antes de que les viniera la primera menstruación. Por esta razón muchas eran desplazadas de sus hogares. Diana llegó con sus tres hermanas desde Medellín, porque el padrastro las violaba, su mamá no quería separarse de su esposo, así que prefirió mandarlas a este hogar.
El hogar María Inmaculada lleva cuarenta años en Bogotá, es una comunidad religiosa que tiene como misión acoger a las niñas necesitadas. La mayoría desplazadas, el requisito principal es que no tengan más de dos años viviendo en Bogotá. Esta institución les ayuda para que cursen la primaria y el bachillerato, y si se portan bien, la universidad. Unas estudian en el colegio Policarca, a pocas cuadras del hogar, otras en el colegio Camilo Torres y las grandes en la Universidad Distrital. También toman talleres de bisutería y de babuchas, tienen a su disposición cinco sicólogas, enviadas por la fundación Punto de Apoyo. Con ellas las niñas se desahogan, se quejan de las otras y tratan de asimilar, en la mayoría de los casos, el por qué de su llegada o el abandono, por parte de sus padres, en este hogar. El hogar esta compuesto por tres edificios, en uno queda la cocina y los salones de clase- que es la única parte del hogar que pueden conocer los candidatos- “es mejor, porque hay que evitar problemas, si nosotros pudiéramos entrar al edificio donde quedan las habitaciones las niñas serian capaces de meternos en los cuartos y de inventar que las acosamos”, en otro quedan los cuartos; en cada cuarto hay tres camarotes con un baño, hay 75 niña entre 8 y 17 años. En el otro edificio queda el comedor, las habitaciones de las universitarias, uno por cada niña, aproximadamente son 85 niñas, y una sala de televisión. Hay dos patios donde las niñas se recrean en las tardes y los fines de semana jugando voleibol. Los fines de semana o cuando tienen tiempo, las niñas lavan su ropa. Sergio cree que cuando lo hacen también están lavando su conciencia. Los malos pensamientos que se les ocurren cuando ven a un candidato o cuando desean a sus propias compañeras.
Como todos los candidatos que quieren pertenecer a la Comunidad Jesuita, Sergio Rey tenía que trabajar como profesor durante siete meses en este hogar, dando clases de matemáticas, español, ayudando a las niñas a hacer las tareas que les dejaban en el colegio, reforzando temas que la mayoría no entendían y preparándolas para el bautizo, la primera comunión y la confirmación.
El día en que llegó, fue presentado por Daniel Carabayo, un compañero suyo que ya llevaba seis meses en el hogar. La mirada de todas hacia él era una mirada de inspección, había llegado una nueva carnada. Algunas le preguntaban a Daniel cosas como si él también era candidato, o de dónde venía, otras menos tímidas le preguntaban a Sergio si tenía novia o por qué se había metido de jesuita. Sus compañeros ya le habían advertido, “son niñas faltas de afecto, uno no puede tener el más mínimo detalle porque piensan que les estamos parando bolas”, dice Sergio.
Después de unos días ya las niñas tenían confianza y aprovechaban para hablar y preguntarle más cosas a Sergio. Las horas de recreo eran propicias para acercarse al “profe”. Sergio recuerda que la primera vez que estuvo en el patio de recreo, después de su primera clase, se sentía como un nuevo juguete con el que todas querían jugar. Lo rodearon en un círculo y lo bombardearon de preguntas: ¿por qué quiere ser cura?, ¿ha tenido novia?, ¿es que ya no le gustan las mujeres? A estas preguntas, él las trataba de evadir con sutileza, su única salida era actuar como si nada sucediera. Los días fueron pasando y la confianza aumentando, unas se atrevieron a contarle sus historias. Dentro de las que recuerda se encuentran las de Sandy y la de las hermanas de Buenaventura.
Sandy es hija de uno de los jefes guerrilleros más importantes del Caquetá, tuvo que venirse a Bogotá porque un primo la violaba desde los 11 años, ella no soportó la situación y le dijo a su papá, que casi nunca veía porque vive en el monte, que le buscara otra parte donde vivir. Cuando llegó a Bogotá, una tía llevaba días buscando hogares, hasta que una vecina le recomendó este. Su nombre ha sido cambiado por razones de seguridad, pues los “paras” quieren matarla. Ella es una de las niñas que nadie visita. Aún no sabe nada de su padre.
La historia de las hermanas de Buenaventura se la contó la hermana mayor, Marylu, un día cuando Sergio la tuvo que separar de Yuly, porque se habían peleado en mitad de la clase ya que las dos estaban enamoradas de él. Para que Sergio no la acusara con la Hermana Rosana, Marylu le dijo que ella había pasado por una etapa de su vida muy dura, que necesitaba que él la escuchara. “Nosotras venimos de Buenaventura, mi papá nos ponía en la carretera que va de Buenaventura a Cali para que los camioneros que pasaran, nos subieran al carro y se acostaran con nosotras a cambio de diez mil pesos con condón y veinte mil sin condón. Faltábamos mucho al colegio por infecciones vaginales. Un día la profesora le preguntó a Jasblady, la menor, por qué faltábamos tanto a clase, ella le contó que era por las infecciones y porque mi papá nos obligaba a trabajar en la carretera. Ahí fue cuando la profe denunció a mi papá en Bienestar Familiar y nos mandaron para Bogotá”. Sergio al oír esa historia le perdono la acusada con la hermana, pero le dijo que eso no tenía que volver a pasar, que ellas tenían que entender que él no era presa de nadie y que si seguían así las iban a sacar del hogar. Dos años después Sergio tuvo que hacer trabajo social en un hospital de Cali, y se encontró a la hermana menor de Marylu. “cuando la vi, la reconocí de una, no me acordaba de su nombre, pero sabía que había estado en el hogar. Le pregunte que si había vivido en María Inmaculada y ella me dijo que si, nos pusimos a hablar y me contó que las habían echado por peleonas. Les tocó devolverse a Buenaventura y su papá de nuevo las puso a trabajar en la carretera. En una de esas, a Maryuri le dio una infección vaginal tan fuerte que la mando para el hospital”.
Entre esas y mucho más historias, Sergio pasó sus siete meses en el hogar, aprendió a conocerlas, incluso a encariñarse con algunas que trataban de camuflar su gusto en la única relación que podían tener con él: La amistad. Aún guarda parte de las cartas que le dieron. Busca entre su billetera y encuentra dos tarjetas y una carta que dice: “Hola Sergio, ¿cómo estas? Espero que bien de salud y de todo lo necesario. Sergio yo te mando esta carta para decirte que te quiero mucho; tú para mí eres una persona muy especial para mí y para muchas también y usted para que me pregunto que me gustaban las muñecas o los peluches... me despido de usted chao. TQM. PD: Me gusta el que te gusta, el te me gusta, el café pero más me gusta tu forma de ser Att: una tierna amiga. De Karen para un tierno amigo. Cuando la termina de leer, la cierra, se ríe y la vuelve a guardar. Cuenta que esa risa fue de pudor. Porque esa niña era la que le llevaba los chismes. El más bochornoso fue cuando le dijo: “Mire profe que Sandra se levantó a media noche, se metió a la ducha toda sonámbula a echarse dedo, gemía y decía que lo amaba. ¿Qué le parece ah? Karen no mentía, eso había pasado, todas se acercaban a Sergio, le comentaban y se iban con la picardía de saber que eso le incomodaba.
La última vez que Sergio no iba al hogar habían pasado tres años. Hace poco, cuando fue, estaba intrigado por saber si las vería en la visita que le haría a la hermana Rosana. Cuando llegó no se oían las voces de las niñas, solo la voz de la hermana que se alegraba de verlo, se sentaron en la recepción. Minutos más tarde la hermana le pidió un permiso para llamar a las niñas que tenían su próxima clase. Sergio sintió los pasos de las niñas que se acercaban, la Hermana Rosana las había llamado para su taller de babuchas que se dictaba en un salón, justo después de la recepción. Cuando llegaron, de inmediato lo reconocieron- de nuevo se sintió como un bombón exhibido en una vitrina- claro era “el profe”, el que tenía enamoradas a todas cuando trabajó como candidato a Jesuita. Las miradas iban y venían, las niñas estaban tímidas, se reían entre ellas, unas pasaron hacia el salón, sin dejar de mirarlo, otras se quedaron al lado de la recepción. Sergio se sonrojo, sabía que no podía intimidarse. El también las miraba hasta que reconoció a Yuly, una de sus alumnas.
– Hola Yuly, como estas de grande, te estiraste.
- Hola Sergio, ¿ese milagro?- ya ve, por aquí visitando a la Hermana.
Después vino otra que le dijo:
– ¿Se cuerda de mi, profe?
- Claro, usted es Daisy, esta muy cambiada
-¿le parece?
-si, ha crecido- respondió Sergio.
La Hermana apuró a las niñas para que entraran al salón. En ese momento entraron los otros candidatos y las niñas repartieron su mirada entre ellos, dejando de lado a Sergio.
- ‘Profe’, venga un momento.
-Vámonos al baño, lo hacemos, nadie se va a enterar, yo sé que quiere ser sacerdote pero todavía no lo es, y yo sé que le gustan las mujeres.
- Diana, ¿por qué piensa que yo haría eso?
- Ya le dije, además me gusta mucho.
- Esta equivocada, está pensando mal de mí y aunque no soy sacerdote, si estoy en proceso de serlo, y estoy pasando por la práctica que es del celibato. Mire, para que le quede bien claro, el cuento es que no debe suceder, usted no me gusta y aparte de eso yo tengo un camino que ya elegí.
A pocos metros, su hermana Gloria la esperaba, ella estaba pendiente de la reacción de Sergio, pero no creían que respondiera eso. Pensaban que por el simple hecho de que fuera un hombre iba a aceptar esa propuesta. Diana dejó de hablarle por unos días. Luego volvió a los mismos piropos. “¡huy, hay va el profe lindo!”, “¡como está de hembro!
Antes de que tuvieran uso de razón, ya un hombre había ‘penetrado’ y roto su inocencia.Encerradas, solo viendo a seres humanos de su mismo sexo. Senos, cinturas, nalgas prominentes, cuellos largos, manos pequeñas. Sergio al igual que sus otros compañeros era un bombón. Cuando llegó por primera vez a al hogar María Inmaculada, él sabía a que se atenía, sabía que eran personas difíciles, niñas iniciadas en la vida sexual mucho antes de que les viniera la primera menstruación. Por esta razón muchas eran desplazadas de sus hogares. Diana llegó con sus tres hermanas desde Medellín, porque el padrastro las violaba, su mamá no quería separarse de su esposo, así que prefirió mandarlas a este hogar.
El hogar María Inmaculada lleva cuarenta años en Bogotá, es una comunidad religiosa que tiene como misión acoger a las niñas necesitadas. La mayoría desplazadas, el requisito principal es que no tengan más de dos años viviendo en Bogotá. Esta institución les ayuda para que cursen la primaria y el bachillerato, y si se portan bien, la universidad. Unas estudian en el colegio Policarca, a pocas cuadras del hogar, otras en el colegio Camilo Torres y las grandes en la Universidad Distrital. También toman talleres de bisutería y de babuchas, tienen a su disposición cinco sicólogas, enviadas por la fundación Punto de Apoyo. Con ellas las niñas se desahogan, se quejan de las otras y tratan de asimilar, en la mayoría de los casos, el por qué de su llegada o el abandono, por parte de sus padres, en este hogar. El hogar esta compuesto por tres edificios, en uno queda la cocina y los salones de clase- que es la única parte del hogar que pueden conocer los candidatos- “es mejor, porque hay que evitar problemas, si nosotros pudiéramos entrar al edificio donde quedan las habitaciones las niñas serian capaces de meternos en los cuartos y de inventar que las acosamos”, en otro quedan los cuartos; en cada cuarto hay tres camarotes con un baño, hay 75 niña entre 8 y 17 años. En el otro edificio queda el comedor, las habitaciones de las universitarias, uno por cada niña, aproximadamente son 85 niñas, y una sala de televisión. Hay dos patios donde las niñas se recrean en las tardes y los fines de semana jugando voleibol. Los fines de semana o cuando tienen tiempo, las niñas lavan su ropa. Sergio cree que cuando lo hacen también están lavando su conciencia. Los malos pensamientos que se les ocurren cuando ven a un candidato o cuando desean a sus propias compañeras.
Como todos los candidatos que quieren pertenecer a la Comunidad Jesuita, Sergio Rey tenía que trabajar como profesor durante siete meses en este hogar, dando clases de matemáticas, español, ayudando a las niñas a hacer las tareas que les dejaban en el colegio, reforzando temas que la mayoría no entendían y preparándolas para el bautizo, la primera comunión y la confirmación.
El día en que llegó, fue presentado por Daniel Carabayo, un compañero suyo que ya llevaba seis meses en el hogar. La mirada de todas hacia él era una mirada de inspección, había llegado una nueva carnada. Algunas le preguntaban a Daniel cosas como si él también era candidato, o de dónde venía, otras menos tímidas le preguntaban a Sergio si tenía novia o por qué se había metido de jesuita. Sus compañeros ya le habían advertido, “son niñas faltas de afecto, uno no puede tener el más mínimo detalle porque piensan que les estamos parando bolas”, dice Sergio.
Después de unos días ya las niñas tenían confianza y aprovechaban para hablar y preguntarle más cosas a Sergio. Las horas de recreo eran propicias para acercarse al “profe”. Sergio recuerda que la primera vez que estuvo en el patio de recreo, después de su primera clase, se sentía como un nuevo juguete con el que todas querían jugar. Lo rodearon en un círculo y lo bombardearon de preguntas: ¿por qué quiere ser cura?, ¿ha tenido novia?, ¿es que ya no le gustan las mujeres? A estas preguntas, él las trataba de evadir con sutileza, su única salida era actuar como si nada sucediera. Los días fueron pasando y la confianza aumentando, unas se atrevieron a contarle sus historias. Dentro de las que recuerda se encuentran las de Sandy y la de las hermanas de Buenaventura.
Sandy es hija de uno de los jefes guerrilleros más importantes del Caquetá, tuvo que venirse a Bogotá porque un primo la violaba desde los 11 años, ella no soportó la situación y le dijo a su papá, que casi nunca veía porque vive en el monte, que le buscara otra parte donde vivir. Cuando llegó a Bogotá, una tía llevaba días buscando hogares, hasta que una vecina le recomendó este. Su nombre ha sido cambiado por razones de seguridad, pues los “paras” quieren matarla. Ella es una de las niñas que nadie visita. Aún no sabe nada de su padre.
La historia de las hermanas de Buenaventura se la contó la hermana mayor, Marylu, un día cuando Sergio la tuvo que separar de Yuly, porque se habían peleado en mitad de la clase ya que las dos estaban enamoradas de él. Para que Sergio no la acusara con la Hermana Rosana, Marylu le dijo que ella había pasado por una etapa de su vida muy dura, que necesitaba que él la escuchara. “Nosotras venimos de Buenaventura, mi papá nos ponía en la carretera que va de Buenaventura a Cali para que los camioneros que pasaran, nos subieran al carro y se acostaran con nosotras a cambio de diez mil pesos con condón y veinte mil sin condón. Faltábamos mucho al colegio por infecciones vaginales. Un día la profesora le preguntó a Jasblady, la menor, por qué faltábamos tanto a clase, ella le contó que era por las infecciones y porque mi papá nos obligaba a trabajar en la carretera. Ahí fue cuando la profe denunció a mi papá en Bienestar Familiar y nos mandaron para Bogotá”. Sergio al oír esa historia le perdono la acusada con la hermana, pero le dijo que eso no tenía que volver a pasar, que ellas tenían que entender que él no era presa de nadie y que si seguían así las iban a sacar del hogar. Dos años después Sergio tuvo que hacer trabajo social en un hospital de Cali, y se encontró a la hermana menor de Marylu. “cuando la vi, la reconocí de una, no me acordaba de su nombre, pero sabía que había estado en el hogar. Le pregunte que si había vivido en María Inmaculada y ella me dijo que si, nos pusimos a hablar y me contó que las habían echado por peleonas. Les tocó devolverse a Buenaventura y su papá de nuevo las puso a trabajar en la carretera. En una de esas, a Maryuri le dio una infección vaginal tan fuerte que la mando para el hospital”.
Entre esas y mucho más historias, Sergio pasó sus siete meses en el hogar, aprendió a conocerlas, incluso a encariñarse con algunas que trataban de camuflar su gusto en la única relación que podían tener con él: La amistad. Aún guarda parte de las cartas que le dieron. Busca entre su billetera y encuentra dos tarjetas y una carta que dice: “Hola Sergio, ¿cómo estas? Espero que bien de salud y de todo lo necesario. Sergio yo te mando esta carta para decirte que te quiero mucho; tú para mí eres una persona muy especial para mí y para muchas también y usted para que me pregunto que me gustaban las muñecas o los peluches... me despido de usted chao. TQM. PD: Me gusta el que te gusta, el te me gusta, el café pero más me gusta tu forma de ser Att: una tierna amiga. De Karen para un tierno amigo. Cuando la termina de leer, la cierra, se ríe y la vuelve a guardar. Cuenta que esa risa fue de pudor. Porque esa niña era la que le llevaba los chismes. El más bochornoso fue cuando le dijo: “Mire profe que Sandra se levantó a media noche, se metió a la ducha toda sonámbula a echarse dedo, gemía y decía que lo amaba. ¿Qué le parece ah? Karen no mentía, eso había pasado, todas se acercaban a Sergio, le comentaban y se iban con la picardía de saber que eso le incomodaba.
La última vez que Sergio no iba al hogar habían pasado tres años. Hace poco, cuando fue, estaba intrigado por saber si las vería en la visita que le haría a la hermana Rosana. Cuando llegó no se oían las voces de las niñas, solo la voz de la hermana que se alegraba de verlo, se sentaron en la recepción. Minutos más tarde la hermana le pidió un permiso para llamar a las niñas que tenían su próxima clase. Sergio sintió los pasos de las niñas que se acercaban, la Hermana Rosana las había llamado para su taller de babuchas que se dictaba en un salón, justo después de la recepción. Cuando llegaron, de inmediato lo reconocieron- de nuevo se sintió como un bombón exhibido en una vitrina- claro era “el profe”, el que tenía enamoradas a todas cuando trabajó como candidato a Jesuita. Las miradas iban y venían, las niñas estaban tímidas, se reían entre ellas, unas pasaron hacia el salón, sin dejar de mirarlo, otras se quedaron al lado de la recepción. Sergio se sonrojo, sabía que no podía intimidarse. El también las miraba hasta que reconoció a Yuly, una de sus alumnas.
– Hola Yuly, como estas de grande, te estiraste.
- Hola Sergio, ¿ese milagro?- ya ve, por aquí visitando a la Hermana.
Después vino otra que le dijo:
– ¿Se cuerda de mi, profe?
- Claro, usted es Daisy, esta muy cambiada
-¿le parece?
-si, ha crecido- respondió Sergio.
La Hermana apuró a las niñas para que entraran al salón. En ese momento entraron los otros candidatos y las niñas repartieron su mirada entre ellos, dejando de lado a Sergio.

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