miércoles, 24 de octubre de 2012

Te quedas primavera?


Hoy por fin me ha visitado el sol.
En esta vieja Buenos Aires, donde las calles se encuentran atestadas de basura podrida, donde las baldosas se encuentran rotas y hay que caminar con cuidado porque el pie se puede romper, ha salido de nuevo el sol.
Esta primavera no ha sido otra cosa que la prolongación del invierno. Todos o casi todos los días llueve y un viento tenaz azota las puertas y las ventanas de los apartamentos que se extienden por la Avenida Córdoba.
Hoy, la gente se siente, por fin, en primavera, pero eso no es suficiente para querer pensar mejor.

lunes, 22 de octubre de 2012

Es así


Es así: ella pensó que el cielo era de colores cuando el amor estaba cerca, y que era gris cuando en su corazón no habitaba nadie más que ella y su propio yo.
De repente dejó de comprender que la vida que ella tenía con su propia soledad era más que suficiente para ser feliz. Que los amaneceres y los atardeceres se iluminaban de violeta intenso cuando ella se sentía libre y de un azul oceánico cuando ella creía conquistar el mundo con una fuerte carcajada.
Se le olvidó que su cuerpo huele a jazmines y que cualquier hombre desearía poder despertarse todas las mañanas al lado de esa piel que solo emana un dulce calor con sabor a miel. Que su mirada puede despertar el más tierno sentimiento y que sus pensamientos pueden dar lugar a largas conversaciones en una noche de invierno.
Es así: a ella se le olvidó todo eso y mucho más sobre la vida, sobre su vida. Y ese olvido le hizo encarnar un vació en su alma, que ella misma se encargó de hacer más grande. Era como un huracán que se revolvía entre sus lágrimas, esas que se hacían más intensas con el paso de las horas, de los días, de los amaneceres nostálgicos que la aterrizaban en un nuevo día, en un nuevo día sin él.

domingo, 14 de octubre de 2012

Ni de aqui ni de allá


“…y en la diferencia me encuentro, en el no lugar de una  falsa realidad”
Por
Nathaly Martínez Ariza

Ni de aquí ni de allá

En un mundo donde la dualidad cada vez se hace más notoria y existencialista, en donde se es más fácil ser bueno y malo, derecho y torcido, homosexual y heterosexual, la novela El común olvido, de Silvia Molloy, se muestra, ante esta sociedad contemporánea, tal y como lo dijo alguna vez Walter Benjamin,  como una novela en donde “el sentido de la vida”, es en los hechos, el medio por el cual la novela se mueve. “El interrogante que por el pregunta, con todo, no es otra cosa que una expresión reducida de la desorientación en que el lector se ve colocado en esa vida descrita por escrito”.
Es así como Daniel, el protagonista, se nos muestra como un Argentino “Yanquinisado” o mejor dicho un personaje con doble nacionalidad. La argentina adquirida por haber nacido y vivido hasta los doce años en Buenos Aires, y la norte americana por haberse radicado el resto de su vida en los Estados Unidos.
Dualidad que si bien, es la razón por la cual no solo habla y piensa en inglés y en español sino aquella que lo trae de vuelta a este Buenos Aires que lo vio crecer mientras se formaba como ese hombre que busca durante su viaje su verdadero ser. Ese ser que se formó a partir de las experiencias infantiles vividas en un ambiente homosexual que, a falta de memoria, por lo pequeño que era cuando las vivió, influyeron en dicha orientación.  
Homosexual como lo es la propia Molloy, Daniel experimenta una serie de situaciones que reafirman su orientación sexual en la vieja Buenos Aires con hombres que encuentra entre sus calles y que solo usa para saciar su apetito carnal en medio de la soledad que le produce estar en una ciudad en donde todo para él solo son vanos recuerdos que no lo llevan a ningún lado. Pero que aun así trata de rememorar en los testimonios de aquellos que lo conocieron, para poder entender de una vez por todas eso del pasado que se repite en su presente. La incertidumbre de saber quién es.
Como diría Bejamín “Solo en la novela escinden vida y sentido y, por consiguiente también lo esencial y lo temporal”. Es por eso que en esta búsqueda de sentido, en esta temporalidad presente de la vida de Daniel y de la vida de su madre, se encuentran las razones por las que él le encuentra el sentido a lo que es en su presente.
Después de indagar, entre los viejos amigos y familiares de su madre, entre las cartas de amor que Ana le escribía a su amante Charlotte, y entre su diario, la whole history, solo se completa cuando Daniel descubre que su madre había tenido una relación homosexual.
Una “revelación” en su vida que tal vez explicaba ciertos comportamientos de su madre que en el pasado nunca le habían terminado de cerrar, como el hecho de que su madre estuviera rodeada de amigos homosexuales, su aparente indiferencia o su reacción reacia a que él le gustaran los hombres y su ida tan repentina a los Estados Unidos.
Ahora que ha vuelto, y ha descubierto por sus propios ojos las antiguas pinturas de su madre, ahora que recordando viejos eventos del pasado, de pocos años atrás y de muchos años, cuando era chico, ahora que despolva muchos eventos de su vida, es cuando reconoce que él era el observador de lo privado. Ese que le gustaba ver el interior de la habitación de su madre mientras hacia el amor con Charlotte, o el que le gustaba ver a su pareja Daniel cuando se acostaba con otro tipo en la misma habitación, ese que desde niño hacia su ritual de masturbación todas las tardes al caer el sol, para imaginarse dentro del cuerpo de otro.
Ese mismo observador encontraba sentido en su mismo ser, pero a la vez necesitaba esas respuestas que su madre no le pudo dar en vida, para poder entender si era de allá o de acá, si era mejor pensar en inglés, como decía él cuando quería huir de algo, o traducir los textos para entenderlos.
Ahora bien, toda esta búsqueda de sentido de Daniel, esta falta de identidad nacional debido a esta dualidad de nacionalidades, son sentimientos que acompañan fielmente a la autora del libro Silvia Molloy, quien a través de esta novela, muestra parte de sus vivencias, creencias y pensamientos, encarnados en este personaje protagónico.
El común olvido es fiel copia de lo que diría Foucoult en su discurso sobre el autor, cuando se refiere a que “…la crítica literaria moderna, no define el autor de otro modo: el autor es lo que permite explicar tanto la presencia de algunos acontecimientos en una obra, como sus transformaciones, sus deformaciones, sus diversas modificaciones …”
Y tal cual, como lo explica Molloy en una entrevista publicada por una página web llamada LA ARGENTINIDAD…AL PALO, cuando le preguntan cómo funciona la “mirada dual” que ella comparte con la escritora Luisa Valenzuela.
“Es parecido a lo que sucede cuando manejás dos idiomas a la vez: estás manejando dos miradas desde culturas y contextos diversos y tratás de que esas miradas coincidan, pero sabiendo que nunca lo vas a conseguir. Tener esa mirada dual puede ser bastante inquietante para la vida cotidiana, o por lo menos incómodo. Pero cuando escribís se vuelve productiva, porque estás entre culturas, entre países, entre lenguas, que te permiten una gran libertad de escritura. Ese no estar del todo puede ser un lastre en la vida cotidiana porque siempre sos una persona levemente extranjera: pertenecés, pero no del todo. Eso pasa a dos puntas. Yo no soy norteamericana, no estoy del todo en la realidad de ese país, pero sin embargo la vivo cotidianamente. Aun en conversaciones perfectamente amistosas, alguien me puede decir: “Vos no entendés porque no sos de acá”. Te están como poniendo en tu lugar. Lo mismo me pasa en la Argentina: “Vos no vivís acá”. Esta situación es un “lujo moral”, como señala María Negroni, pero también es una carga”.
Y es eso, entonces, el ser y no ser. Ese desencuentro y encuentro que a lo largo de su novela se ve reflejado, en cada aspecto de la vida de Daniel.
Es como esa especie de relación que Daniel tuvo con Chacho, el repartidor de pollos; ese que se creía muy sexual, más no puto, como explicaba él, para justificar su aventura con Daniel. Ese que a pesar de tener una familia con su esposa y sus hijos, le parecía de lo más normal tener encuentros sexuales con un hombre, sin cuestionarse sobre su verdadera orientación.
Es así, es el estar y no estar. Es ser ni de aquí, ni de allá. Es la incertidumbre de quien era el verdadero Daniel, de quien es la verdadera Silvia Molloy.









viernes, 12 de octubre de 2012

Entre tus piernas



Por Nathaly Martínez Ariza
Y de  repente se despertó de un sueño, de ese sueño en el que él la había acompañado los últimos 7 días de la semana.
Zapatos, medias, pantalones, una camisa, un vestido, unos cucos y unos calzoncillos. Un brasier y una flor. Cobijas en el piso, una cama destendida y un par de sabanas, envueltas en las piernas de Violeta. 
El ya no estaba. Se había ido sin despertarla. Suavecito suavecito, casi sin mover las sábanas que apenas alcanzaban a tapar la punta de sus pezones semidescubiertos y erizados por el primer viento invernal que acariciaba la mañana, se levantó sin susurrar ni si quiera un te amo.
Violeta, se había ido de largo esa mañana porque la noche anterior apenas había podido dormir. La despedida fue larga, con amigos, música, y muchas palabras sin decir, pero si muchas miradas que le quedarían en la mente por el resto de sus cortos días.
Sabía que si abría los ojos, y enfrentaba el mundo solitario que le esperaba, la tristeza manifestada en unas nauseas que nunca había sentido y que solo había visto en las películas románticas, cuando el dolor es tan fuerte por la pérdida del ser amado,  llegaría sin reparo.
Y así fue. Una fuerte tos que en realidad no lo era sino un impulso de su estómago, que conectado por los chacras, cree ella, manifestaban su más intenso dolor.
Suavecito suavecito así como Antonio se había ido, ella se levantó y decidió enfrentar el duro invierno.
Pero ya era otra. Esos 7 días la habían dejado seca como una uva. Ya ni sus más cercanos amigos a quienes les prestaba sus pantalones de pijama rosados cuando se quedaban a dormir en su casa, ni las caminatas por el centro de la ciudad, ni el olor a primavera, ni las canciones de Concha Buika le devolverían su alma.
Unas botas, un vestido, unos cucos, un brasier, unas cobijas y unas sábanas envueltas en las piernas de Violeta serian el cuadro que cada mañana se dibujaría en su cuarto cuando la luz entrara.
Y entonces comprendió que estaba destinada a dormirse, hasta que el volviera a despertarla, a despertarla entre sus piernas.
Entre tus piernas.