Es así: ella pensó que el cielo era de colores cuando el
amor estaba cerca, y que era gris cuando en su corazón no habitaba nadie más
que ella y su propio yo.
De repente dejó de comprender que la vida que ella tenía con
su propia soledad era más que suficiente para ser feliz. Que los amaneceres y
los atardeceres se iluminaban de violeta intenso cuando ella se sentía libre y
de un azul oceánico cuando ella creía conquistar el mundo con una fuerte carcajada.
Se le olvidó que su cuerpo huele a jazmines y que cualquier
hombre desearía poder despertarse todas las mañanas al lado de esa piel que
solo emana un dulce calor con sabor a miel. Que su mirada puede despertar el
más tierno sentimiento y que sus pensamientos pueden dar lugar a largas
conversaciones en una noche de invierno.
Es así: a ella se le olvidó todo eso y mucho más sobre la
vida, sobre su vida. Y ese olvido le hizo encarnar un vació en su alma, que
ella misma se encargó de hacer más grande. Era como un huracán que se revolvía
entre sus lágrimas, esas que se hacían más intensas con el paso de las horas,
de los días, de los amaneceres nostálgicos que la aterrizaban en un nuevo día,
en un nuevo día sin él.

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