“…y en la diferencia me
encuentro, en el no lugar de una falsa
realidad”
Por
Nathaly Martínez Ariza
Ni de aquí ni de allá
En un mundo donde la dualidad
cada vez se hace más notoria y existencialista, en donde se es más fácil ser
bueno y malo, derecho y torcido, homosexual y heterosexual, la novela El común olvido, de Silvia Molloy, se
muestra, ante esta sociedad contemporánea, tal y como lo dijo alguna vez Walter
Benjamin, como una novela en donde “el
sentido de la vida”, es en los hechos, el medio por el cual la novela se mueve.
“El interrogante que por el pregunta, con todo, no es otra cosa que una
expresión reducida de la desorientación en que el lector se ve colocado en esa
vida descrita por escrito”.
Es así como Daniel, el
protagonista, se nos muestra como un Argentino “Yanquinisado” o mejor dicho un
personaje con doble nacionalidad. La argentina adquirida por haber nacido y
vivido hasta los doce años en Buenos Aires, y la norte americana por haberse
radicado el resto de su vida en los Estados Unidos.
Dualidad que si bien, es la razón
por la cual no solo habla y piensa en inglés y en español sino aquella que lo
trae de vuelta a este Buenos Aires que lo vio crecer mientras se formaba como
ese hombre que busca durante su viaje su verdadero ser. Ese ser que se formó a
partir de las experiencias infantiles vividas en un ambiente homosexual que, a
falta de memoria, por lo pequeño que era cuando las vivió, influyeron en dicha
orientación.
Homosexual como lo es la propia
Molloy, Daniel experimenta una serie de situaciones que reafirman su
orientación sexual en la vieja Buenos Aires con hombres que encuentra entre sus
calles y que solo usa para saciar su apetito carnal en medio de la soledad que
le produce estar en una ciudad en donde todo para él solo son vanos recuerdos
que no lo llevan a ningún lado. Pero que aun así trata de rememorar en los
testimonios de aquellos que lo conocieron, para poder entender de una vez por
todas eso del pasado que se repite en su presente. La incertidumbre de saber
quién es.
Como diría Bejamín “Solo en la
novela escinden vida y sentido y, por consiguiente también lo esencial y lo
temporal”. Es por eso que en esta búsqueda de sentido, en esta temporalidad
presente de la vida de Daniel y de la vida de su madre, se encuentran las
razones por las que él le encuentra el sentido a lo que es en su presente.
Después de indagar, entre los
viejos amigos y familiares de su madre, entre las cartas de amor que Ana le
escribía a su amante Charlotte, y entre su diario, la whole history, solo se
completa cuando Daniel descubre que su madre había tenido una relación
homosexual.
Una “revelación” en su vida que
tal vez explicaba ciertos comportamientos de su madre que en el pasado nunca le
habían terminado de cerrar, como el hecho de que su madre estuviera rodeada de
amigos homosexuales, su aparente indiferencia o su reacción reacia a que él le
gustaran los hombres y su ida tan repentina a los Estados Unidos.
Ahora que ha vuelto, y ha
descubierto por sus propios ojos las antiguas pinturas de su madre, ahora que
recordando viejos eventos del pasado, de pocos años atrás y de muchos años,
cuando era chico, ahora que despolva muchos eventos de su vida, es cuando
reconoce que él era el observador de lo privado. Ese que le gustaba ver el
interior de la habitación de su madre mientras hacia el amor con Charlotte, o
el que le gustaba ver a su pareja Daniel cuando se acostaba con otro tipo en la
misma habitación, ese que desde niño hacia su ritual de masturbación todas las
tardes al caer el sol, para imaginarse dentro del cuerpo de otro.
Ese mismo observador encontraba
sentido en su mismo ser, pero a la vez necesitaba esas respuestas que su madre
no le pudo dar en vida, para poder entender si era de allá o de acá, si era
mejor pensar en inglés, como decía él cuando quería huir de algo, o traducir
los textos para entenderlos.
Ahora bien, toda esta búsqueda de
sentido de Daniel, esta falta de identidad nacional debido a esta dualidad de
nacionalidades, son sentimientos que acompañan fielmente a la autora del libro
Silvia Molloy, quien a través de esta novela, muestra parte de sus vivencias,
creencias y pensamientos, encarnados en este personaje protagónico.
El común olvido es fiel copia de lo que diría Foucoult en su
discurso sobre el autor, cuando se refiere a que “…la crítica literaria
moderna, no define el autor de otro modo: el autor es lo que permite explicar
tanto la presencia de algunos acontecimientos en una obra, como sus
transformaciones, sus deformaciones, sus diversas modificaciones …”
Y tal cual, como lo explica Molloy en una entrevista publicada por una
página web llamada LA ARGENTINIDAD…AL
PALO, cuando le preguntan cómo funciona la “mirada dual”
que ella comparte con la escritora Luisa Valenzuela.
“Es
parecido a lo que sucede cuando manejás dos idiomas a la vez: estás manejando
dos miradas desde culturas y contextos diversos y tratás de que esas miradas
coincidan, pero sabiendo que nunca lo vas a conseguir. Tener esa mirada dual
puede ser bastante inquietante para la vida cotidiana, o por lo menos incómodo.
Pero cuando escribís se vuelve productiva, porque estás entre culturas, entre
países, entre lenguas, que te permiten una gran libertad de escritura. Ese no
estar del todo puede ser un lastre en la vida cotidiana porque siempre sos una
persona levemente extranjera: pertenecés, pero no del todo. Eso pasa a dos
puntas. Yo no soy norteamericana, no estoy del todo en la realidad de ese país,
pero sin embargo la vivo cotidianamente. Aun en conversaciones perfectamente
amistosas, alguien me puede decir: “Vos no entendés porque no sos de acá”. Te
están como poniendo en tu lugar. Lo mismo me pasa en la Argentina: “Vos no
vivís acá”. Esta situación es un “lujo moral”, como señala María Negroni, pero
también es una carga”.
Y es eso,
entonces, el ser y no ser. Ese desencuentro y encuentro que a lo largo de su
novela se ve reflejado, en cada aspecto de la vida de Daniel.
Es como
esa especie de relación que Daniel tuvo con Chacho, el repartidor de pollos;
ese que se creía muy sexual, más no puto, como explicaba él, para justificar su
aventura con Daniel. Ese que a pesar de tener una familia con su esposa y sus
hijos, le parecía de lo más normal tener encuentros sexuales con un hombre, sin
cuestionarse sobre su verdadera orientación.
Es así, es
el estar y no estar. Es ser ni de aquí, ni de allá. Es la incertidumbre de
quien era el verdadero Daniel, de quien es la verdadera Silvia Molloy.

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