domingo, 14 de octubre de 2012

Ni de aqui ni de allá


“…y en la diferencia me encuentro, en el no lugar de una  falsa realidad”
Por
Nathaly Martínez Ariza

Ni de aquí ni de allá

En un mundo donde la dualidad cada vez se hace más notoria y existencialista, en donde se es más fácil ser bueno y malo, derecho y torcido, homosexual y heterosexual, la novela El común olvido, de Silvia Molloy, se muestra, ante esta sociedad contemporánea, tal y como lo dijo alguna vez Walter Benjamin,  como una novela en donde “el sentido de la vida”, es en los hechos, el medio por el cual la novela se mueve. “El interrogante que por el pregunta, con todo, no es otra cosa que una expresión reducida de la desorientación en que el lector se ve colocado en esa vida descrita por escrito”.
Es así como Daniel, el protagonista, se nos muestra como un Argentino “Yanquinisado” o mejor dicho un personaje con doble nacionalidad. La argentina adquirida por haber nacido y vivido hasta los doce años en Buenos Aires, y la norte americana por haberse radicado el resto de su vida en los Estados Unidos.
Dualidad que si bien, es la razón por la cual no solo habla y piensa en inglés y en español sino aquella que lo trae de vuelta a este Buenos Aires que lo vio crecer mientras se formaba como ese hombre que busca durante su viaje su verdadero ser. Ese ser que se formó a partir de las experiencias infantiles vividas en un ambiente homosexual que, a falta de memoria, por lo pequeño que era cuando las vivió, influyeron en dicha orientación.  
Homosexual como lo es la propia Molloy, Daniel experimenta una serie de situaciones que reafirman su orientación sexual en la vieja Buenos Aires con hombres que encuentra entre sus calles y que solo usa para saciar su apetito carnal en medio de la soledad que le produce estar en una ciudad en donde todo para él solo son vanos recuerdos que no lo llevan a ningún lado. Pero que aun así trata de rememorar en los testimonios de aquellos que lo conocieron, para poder entender de una vez por todas eso del pasado que se repite en su presente. La incertidumbre de saber quién es.
Como diría Bejamín “Solo en la novela escinden vida y sentido y, por consiguiente también lo esencial y lo temporal”. Es por eso que en esta búsqueda de sentido, en esta temporalidad presente de la vida de Daniel y de la vida de su madre, se encuentran las razones por las que él le encuentra el sentido a lo que es en su presente.
Después de indagar, entre los viejos amigos y familiares de su madre, entre las cartas de amor que Ana le escribía a su amante Charlotte, y entre su diario, la whole history, solo se completa cuando Daniel descubre que su madre había tenido una relación homosexual.
Una “revelación” en su vida que tal vez explicaba ciertos comportamientos de su madre que en el pasado nunca le habían terminado de cerrar, como el hecho de que su madre estuviera rodeada de amigos homosexuales, su aparente indiferencia o su reacción reacia a que él le gustaran los hombres y su ida tan repentina a los Estados Unidos.
Ahora que ha vuelto, y ha descubierto por sus propios ojos las antiguas pinturas de su madre, ahora que recordando viejos eventos del pasado, de pocos años atrás y de muchos años, cuando era chico, ahora que despolva muchos eventos de su vida, es cuando reconoce que él era el observador de lo privado. Ese que le gustaba ver el interior de la habitación de su madre mientras hacia el amor con Charlotte, o el que le gustaba ver a su pareja Daniel cuando se acostaba con otro tipo en la misma habitación, ese que desde niño hacia su ritual de masturbación todas las tardes al caer el sol, para imaginarse dentro del cuerpo de otro.
Ese mismo observador encontraba sentido en su mismo ser, pero a la vez necesitaba esas respuestas que su madre no le pudo dar en vida, para poder entender si era de allá o de acá, si era mejor pensar en inglés, como decía él cuando quería huir de algo, o traducir los textos para entenderlos.
Ahora bien, toda esta búsqueda de sentido de Daniel, esta falta de identidad nacional debido a esta dualidad de nacionalidades, son sentimientos que acompañan fielmente a la autora del libro Silvia Molloy, quien a través de esta novela, muestra parte de sus vivencias, creencias y pensamientos, encarnados en este personaje protagónico.
El común olvido es fiel copia de lo que diría Foucoult en su discurso sobre el autor, cuando se refiere a que “…la crítica literaria moderna, no define el autor de otro modo: el autor es lo que permite explicar tanto la presencia de algunos acontecimientos en una obra, como sus transformaciones, sus deformaciones, sus diversas modificaciones …”
Y tal cual, como lo explica Molloy en una entrevista publicada por una página web llamada LA ARGENTINIDAD…AL PALO, cuando le preguntan cómo funciona la “mirada dual” que ella comparte con la escritora Luisa Valenzuela.
“Es parecido a lo que sucede cuando manejás dos idiomas a la vez: estás manejando dos miradas desde culturas y contextos diversos y tratás de que esas miradas coincidan, pero sabiendo que nunca lo vas a conseguir. Tener esa mirada dual puede ser bastante inquietante para la vida cotidiana, o por lo menos incómodo. Pero cuando escribís se vuelve productiva, porque estás entre culturas, entre países, entre lenguas, que te permiten una gran libertad de escritura. Ese no estar del todo puede ser un lastre en la vida cotidiana porque siempre sos una persona levemente extranjera: pertenecés, pero no del todo. Eso pasa a dos puntas. Yo no soy norteamericana, no estoy del todo en la realidad de ese país, pero sin embargo la vivo cotidianamente. Aun en conversaciones perfectamente amistosas, alguien me puede decir: “Vos no entendés porque no sos de acá”. Te están como poniendo en tu lugar. Lo mismo me pasa en la Argentina: “Vos no vivís acá”. Esta situación es un “lujo moral”, como señala María Negroni, pero también es una carga”.
Y es eso, entonces, el ser y no ser. Ese desencuentro y encuentro que a lo largo de su novela se ve reflejado, en cada aspecto de la vida de Daniel.
Es como esa especie de relación que Daniel tuvo con Chacho, el repartidor de pollos; ese que se creía muy sexual, más no puto, como explicaba él, para justificar su aventura con Daniel. Ese que a pesar de tener una familia con su esposa y sus hijos, le parecía de lo más normal tener encuentros sexuales con un hombre, sin cuestionarse sobre su verdadera orientación.
Es así, es el estar y no estar. Es ser ni de aquí, ni de allá. Es la incertidumbre de quien era el verdadero Daniel, de quien es la verdadera Silvia Molloy.









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