lunes, 22 de abril de 2013

La harina y los huevos ya estaban esparcidos sobre el mesón, solo hacía falta que los dedos de Violeta mezclaran los ingredientes. Poco a poco, sus dedos iban juntando todo hasta volver la masa perfecta, que más tarde, se convertiría en ravioles.
Un olor se desprendía suavemente, era el típico olor a panadería, que la remontaba a su niñez, cuando le gustaba comerse la masa antes de convertirse en galletas.
Violeta no sabe de dónde sacó ese gusto por las cosas crudas, tal vez por eso, le gusta tanto el sushi. Podría venir de su constante acelere, por su impaciencia por todo, eso que hacía que cuando acompañaba a su mamá a comprar carne molida, se la comiera en el camino.
Para ella, aprender nuevas recetas era la mejor terapia que podía existir cuando sentía que su corazón estaba a punto de secarse como las hojas en el otoño. El agua que le daba vida, era entonces una mezcla de cosas simples que a cualquier mujer le harían bien. Un buen libro y un té, eran sus acompañantes en las tardes de lluvia.
Así, solitaria por las calles empedradas, repletas de balcones con flores amarillas y rojas, y también azules, Violeta recordaba los últimos momentos que había vivido en la vieja ciudad con él. Tenía tan marcado en su mente, cada escena, cada palabra y cada risa que vivió a través de los ojos de él, que bastaba una mínima concentración para volver a revivirlo todo…y mientras lo hacía sentía un calor que recorría cada poro de su piel.
Era mágico, pero a la vez desgastante, porque no sabía cuándo lo volvería a ver. Hay tantas cosas que él no sabe de su vida, que ya ni sabe si es mejor que las sepa o que simplemente se queden como el misterio que tanto le enamora de ella.